jueves, octubre 05, 2006

Chinos de Ultramar

Una vieja sentencia china dice que: “dónde hay agua marina, encontrarás chinos”. Trata de explicar la forma en que millares de chinos tuvieron que huir de la pobreza desde 1820, aproximadamente, a mitad de la dinastía Ch´ing. Al parecer la idea era subirse a un navío y emigrar hacia donde lo lleve el viento y las olas.

Este sistema llevó a los habitantes de Fukien al sudeste asiático y a los de Cantón y a los hakkas, hacia el continente americano, Europa, Africa y Oceanía.

La preponderancia de Fukien y Cantón se explica porque fueron los puertos que lograron cierto desarrollo gracias al contacto que tenían con los extranjeros que abrigaban a sus tierras y porque hasta la guerra de resistencia contra Japón, el mapa político de china tuvo especiales dificultades en la zona sureña.

En esta ola migratoria el sudeste asiático cobró gran importancia a través de los años: según datos de la Comisión de Chinos de Ultamar, viven allí unos 27 millones de chinos, lo que representa el 90% de la población china en el resto del mundo.

El desarrollo del siglo XX y la abolición de la esclavitud, significaron para los chinos una posibilidad laboral inmediata en plantaciones de caucho, té o azúcar del sudeste asiático, caminos en América y minas de oro en Australia y Sudáfrica. La Europa de entonces también reclutó a miles de chinos para que trabajen tras los frentes de batalla en la Primera Gran Guerra.

Las cifras son contundentes: de 1881 a 1915 se enviaron 770 mil trabajadores chinos a Singapur y Penang en Malasia; de 1904 a 1910 fueron más de 50 mil a Sudáfrica, y en 1916 – 1917 se enviaron 230 mil trabajadores chinos para ayudar a los aliados. Cuando en la década del 30, se prohibió la masiva exportación de chinos, los datos arrojaron la cifra de cinco millones de coolíes.

Pero los chinos no fueron ingratos con su tierra madre. Muchos de ellos volvieron a China para invertir en la industria local y ayudar en el desarrollo de su pueblo. Varias líneas de ferrocarriles, por ejemplo, fueron financiados por chinos de ultramar: Chang Hung-nan. Residente en Malasia financió la linea Chaochow- Swatow y el residente americano Ch´en Hsuan- hsi, la línea Hsin – ning.

En la actualidad los “nuevos chinos de ultramar” prefieren llamarse así porque sus motivos de emigración son totalmente diferentes. Los distingue un gran aprecio por la educación y el trabajo a tal punto que han logrado tomar el pulso económico en muchos de los países en donde se han instalado. Lin Shao-liang – por citar un caso – es el chino más rico del mundo y lo ha logrado desde Indonesia.

Perfiles Chinos

Cálculos primeros afirman que en la actualidad viven en el Perú más de un millón de tusanes hasta la quinta generación, que dominan el español, cantonés, mandarín e inglés. En los últimos diz años, han llegado al Perú un promedio de 15 mil chinos.

Sólo en Lima se estima que residen 600 mil habitantes ubicados mayormente en San Borja, Pueblo Libre, La Victoria (Balconcillo y Santa Catalina), Jesús María, Lince, Barrios Altos (Barrio Chino), San Martín de Porres y Los Olivos.

En El Callao se concentran preferentemente en el Callao histórico, La Perla y Bellavista y bordean las cinco mil personas.

Las principales provincias chinas de procedencia son: Hong Kong, Guandong (Cantón), Shanghai, Beijing (Pekín), Harbin, Tianjin, Sichuán, Macao y Shangdon.

El 10 % de la población peruana es Tusán.

Organización China

La guerra con Chile también trajo consecuencias palpables para la población china en el Perú, a pesar de que el gobierno peruano había celebrado un contrato con la empresa norteamericana Oliphant en Hong Kong, para establecer rutas comerciales por barco. Tuvo que concluír la Guerra del Pacífico para que la primera legación china se decidiera a venir.

Hacia 1882 caducaron los últimos contratos de trabajo y los coolíes lograron su libertad. Desaparecidos los trabajos forzados y las penurias del maltrato, los chinos comenzaron una organización propia. Dos años después (8 de febrero de 1884) se funda la Sociedad Central de Beneficiencia China para socorrer a sus paisanos que se quedaron sin trabajo y enfermos, entre ellos a muchos chinos que terminaron ciegos, al contraer distintas enfermedades a los ojos en las haciendas.

Por otro lado, los chinos migrantes siempre se han organizado en sociedades regionales llamadas Wuy Qun, Que servían para la ayuda mutua entre los paisanos. En Lima se establecieron de acuerdo a su lugar de origen, destacando como las más sólidas: Chung Shan, Tong Sing, Cu Con Chau y Pun Yui. En el Callao se congregó la Sociedad Tong Sheng.

La Sociedad Chung Shan reunió a los cantoneses; la Sociedad Tong Sing, sin importar lugar de procedencia agrupó a los Hakkas (etnia Han que se desplegó básicamente por el sur chino). La Sociedad Cu Con Chau integró a los originarios de Um Yap; y la Sociedad Pun Yui, aglutinó a los chinos de la ciudad de Guang Zhou.

La Calle del Capón

Haciendo gala de sus habilidades innatas, el chino buscó dos tipos de contacto: la cocina, del cual el hombre es tradicionalmente muy hábil, y el comercio. En su búsqueda de un centro de abastos, en la Lima de principios de siglo, llegó hasta el mercado central, lugar donde se beneficiaban los animales que se vendían al por mayor y al menudeo.

En la calle lateral (hoy conocida como Jirón Ucayali, cuadra 7) los carniceros capaban a los animales para comercializarlos, por lo que el pueblo la apodó como “la calle capón”.

A una cuadra de distancia (jirones Ayacucho con Ucayali) había un solar de propiedad de Luis Otaiza, quien la alquiló al primer grupo de chinos que buscaban establecerse en el lugar.

Dicen que el callejón Otaiza fue habitado por tal número de coolíes que las condiciones de pobreza y hacinamiento hicieron que cuando Guillermo Billinghurst llegó a la alcaldía de la ciudad (1909) uno de sus primeros actos fue mandarla destruír. Los chinos, como respuesta, se ubicaron en las calles aledañas y se esparcieron entre viviendas y pequeños comercios, dando origen al conocido “Barrio Chino”.

El problema del lenguaje también aportó lo suyo: el 90% de los coolíes venían de la provincia de Cantón, por lo que la fonética les hizo una mala pasada con la confusión “capón-cantón”. Así nació la Calle Capón y muchos años después, la Colonia obsequió la “Portada China”, bajo la alcaldía de Eduardo Dibós Champpuis, quien la inauguró el 12 de noviembre de 1971.

La inmigración china al Perú

Esta primera experiencia trajo consecuencias inmediatas: según datos del ministro de Gobierno, José Manuel Tirado, desde febrero de 1850 hasta julio de 1853, fueron introducidos en el Perú 3,932 colonos, de los cuales, 2,516 fueron chinos.

El gobierno peruano puso atención en el fenómeno de la inmigración ya que había realizado el primer contrato de conversión y de consolidación de la deuda externa, basado en el guano de las islas como hipoteca. Hacia allá fueron a parar las primeras hornadas de trabajadores chinos.

Los coolíes venían al Perú traídos por contrato. Primero tenía una vigencia de cinco años y luego se extendió hasta ocho. Ganaban mensualmente cuatro pesos fuertes o soles y podían ser vendidos a otro dueño a un precio promedio entre 300 y 400 pesos por cada uno. Cuando concluía su contrato la policía les confería un “Boleto de asiático libre” que debía ser refrendado por el intendente de turno.

Pero el maltrato, malas condiciones de vida y tráfico ilegal de coolíes tuvo que ser reprimido por el Congreso y el 6 de marzo de 1856, se prohibió la importación de chinos. Pero no duró mucho, cinco años después, el 14 de marzo de 1861, se volvió a permitir, a pesar que el gobierno de Ramón Castilla vetó la norma. Sin embargo, durante el período 1853 – 1861 se continuaron expediendo permisos especiales para seguir trayendo coolíes.

Cuenta Jorge Basadre que “…a pesar de esfuerzos aislados, el porcentaje de mortalidad en la travesía era alto (se ha calculado que en algunos años pasó del 50%) y al llegar los cargamentos humanos al Callao, se producía una inspección oficial y a los que no tenía contrato, se les alineaba en la cubierta para ponerlos a disposición de los interesados; en los periódicos solían aparecer, además, avisos ofreciendo chinos”.

Mientras tanto, el gobierno de Manuel Balta, aceptaba el 20 de abril de 1868, la propuesta del norteamericano Enrique Meiggs para construir los ferrocarriles de Callao – La Oroya y Arequipa – Puno. Reinciado el tráfico en gran escala los coolíes tuvieron pronto un nuevo destino: se estima que Meiggs empleó de inmediato más de cinco mil chinos en forma simultánea en las líneas férreas.

Luego de varios incidentes sobre maltratos sucedidos en aguas internacionales y que comprometió la diplomacia peruana, el gobierno de Manuel Pardo dictó tres normas en 1873 que otorgaban el descanso dominical a los coolíes, la jornada de trabajo con la posibilidad del beneficio de las horas extras y se establecía el registro de asiáticos en la prefectura del Callao, con amplias funciones de tutela y supervigilancia, inclusive estaba obligada a repatriar a los chinos que, una vez terminados sus contratos, querían regresar a sus tierras. Lamentablemente, no se estableció un registro riguroso de entrada y salida.

Estos hechos ayudaron para que el 26 de junio de 1874, se firme en Tientsin, el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre Perú y China, que entró en vigencia a partir de marzo de 1876, luego de las ratificaciones en ambos países. Algunos años después, en junio de 1884, el gobierno chino envía a su primer diplomático: el Ministro Consejero Zheng Chaoru, perteneciente a la Dinastía Qing.

Chino Macaco Chino coolí (culí)

El humor popular calificó a esta norma como la “ley chinesca” y los chinos eran llamados burlonamente como “macacos”, porque provenían del puerto de Macao.

También llamados Chino “coolí”, sin advertir que la palabra proviene del idioma hindú y que significa “trabajador golondrino”.

“el Congreso promulgó – el 17 de noviembre- la ley general de inmigración, obedeciendo “al grado de postración de la agricultura del país por la falta de brazos”, y ofreciendo una prima de treinta pesos a todo introductor de colonos extranjeros.

sábado, agosto 05, 2006

Sagrado Trece los Calendarios del antiguo México

Por Frank Díaz Tomado de “Sagrado Trece, los Calendarios del antiguo México” Ediciones Kinames 2005

Uno de los grandes enigmas de la historia es el origen del calendario: ¿fue inventado simultáneamente en diversas culturas de la Tierra o fue producto de un descubrimiento único que se propagó por todas partes?

Al estudiar en forma comparada la cosmogonía de los pueblos de Mesoamérica y el Sudeste asiático, notamos que algunas soluciones calendáricas del Viejo Mundo pudieron tener su origen en los descubrimientos olmecas. Esta es una revolucionaria idea que complica la cuestión de los orígenes de la cultura indoamericana, ya que la mayoría de los investigadores opina que, si acaso hubo algún tipo de intercambio cultural a través del Océano Pacífico, este inevitablemente fue de Asia a América, nunca al revés. Lo prejuiciado de este razonamiento se demuestra en el siguiente axioma de un conocido antropólogo:

Si se puede demostrar que las formas culturales tienen un patrón de aparición regular, ligeramente anterior en el Viejo Mundo que en el Nuevo, tendremos presuntos indicios de la relación entre las dos (áreas). Pero si lo opuesto es lo cierto, tendremos una prueba de que no estaban relacionadas. (Gordon F. Ekholm, Problemas culturales de la América precolombina)

En contraste con esta apreciación, la influencia de Mesoamérica en Asia puede sostenerse mediante la comparación entre diversas ciencias antiguas, como son las matemáticas, la astronomía, la astrología y la cronología. Por ejemplo, Michael Coe señala un hecho altamente improbable, a menos que se reconozca una influencia cultural directa: Los astrónomos chinos de la dinastía Han, así como los antiguos mayas, usaron exactamente los mismos cálculos complejos para prevenir acerca de los probables eclipses de la Luna y del Sol. Estos datos podrían sugerir que hubo contacto directo a través del Pacífico. Como la navegación oriental estaba en un plano técnico más elevado que en el Nuevo Mundo, es posible que intelectuales asiáticos hubiesen establecido algún tipo de contacto con su contraparte mesoamericana por los fines del Preclásico. (Regional perspectives of the Olmec)

La conclusión anterior es apresurada, ya que la presencia de barcos chinos en América no implica necesariamente que el conocimiento astronómico procediese de China. Por otra parte, se ha demostrado que los cálculos astronómicos mayas son absolutamente coherentes con el calendario y con el resto de las instituciones culturales de este pueblo, cosa que sería inexplicable si hubiesen tenido un origen extranjero.

De gran importancia ha sido demostrar el vínculo que existe entre los sistemas zodiacales chino y mesoamericano, notado primeramente por Humbold y estudiado después por otros investigadores. Ellos han observado que las series de dioses y animales de las ruedas calendáricas tienen el mismo orden en una extensa área geográfica que abarca China, India, Indonesia, las islas del Pacífico y Mesoamérica, o bien contienen variantes e interpolaciones explicables por las condiciones locales de fauna, flora y modalidad simbólica. D. H. Kelley, uno de los antropólogos que más ha estudiado este asunto, es concluyente al afirmar:

Todos los nombres de los días en el calendario de Mesoamérica tienen paralelos en alguno de los cuatro sistemas euroasiáticos, tres de los cuales aparecen en la India del norte. (An Essay on pre-columbian contacts between the Americas and other areas)

Pero, como nota Paul Kirchhoff, si el sistema se originó en Asia, entonces ... una clasificación calendárica asiática de deidades y animales debe haber llegado a México mucho antes que a la India. Solo así podemos explicarnos la (temprana) presencia en la cultura maya... de un desarrollo hindú más tardío. (The diffusion of a great religious system from India to Mexico)

Kirchhoff propone que el foco de origen se busque en China, pero esto contradice el hecho de que las ruedas zodiacales chinas tienen gran influencia de las hindúes, si no es que se originaron directamente en ellas. Además, las semejanzas entre los sistemas de Mesoamérica y la India son más cercanas que entre los de Mesoamérica y China, lo cual no se explicaría si este último país fuese el origen de ambas series. Por otra parte, como nota Malmström, el tiempo es un factor en contra de esta interpretación: El calendario chino estaba en un estado embrionario en la época en que nacieron las cuentas mesoamericanas, de modo que se excluye por razones de tiempo. En cuanto al calendario hindú, el cronometraje de su desarrollo también lo excluye como modelo para el mesoamericano. (V. H. Malmström, Izapa, birthplace of time)

La realidad es que, justo cuando se desarrollaba en todo su esplendor el calendario olmeca, comenzó a aparecer en Asia un interés creciente por la cronología, que cristalizó en el zodíaco chino hacia el primer siglo antes de Cristo; para entonces, los olmecas ya se habían extinguido y el calendario de los mayas entraba en su fase de madurez. Por lo tanto, no es posible que los signos zodiacales mesoamericanos hayan sido creados en Asia.

La transferencia de información científica del Nuevo al Viejo Mundo no es un hecho aislado, está relacionada con otros fenómenos, entre ellos, la aparición de plantas típicas de la dieta americana en Eurasia cuya forma de reproducción hace imposible un traslado accidental. Por ejemplo, el cacahuete, cultivado por los campesinos de la China Oriental desde el III milenio antes de Cristo; la batata y ciertos tipos de algodón aparecidos un milenio después en Oceanía; las piñas pintadas en los frescos de Pompeya; el tabaco y la coca, conocidos desde antes del descubrimiento europeo de América por los chamanes de China e Indonesia, y aparente origen de las dosis de nicotina y cocaína halladas en momias egipcias, etcétera.

Pero, ¿cómo justificar estos hechos desde un punto de vista técnico? La mayoría de los investigadores que aceptan posibles transferencias culturales por el Océano Pacífico mencionan las antiguas flotas de China y la India, capaces de realizar la travesía oceánica. Hay evidencia de viajes realizados a Occidente (que para los asiáticos era el extremo Oriente) durante el auge de los reinos de Teotihuacan y los mayas clásicos. Veamos los siguientes ejemplos:

  • Frente a la costa de Palos Verdes, California, se han hallado cerca de cuarenta anclas chinas fechadas entre el 1000 a. C. y el 1500 d. C., lo cual indica un comercio activo apoyado en la pesca.
  • Los aborígenes de Columbia Británica tenían máscaras cuyos ojos estaban hechos de monedas chinas.
  • En la costa de Ecuador, cultura Valdivia, apareció un estilo cerámico asociado con la cultura japonesa de Yomón, fechado hacia el 3000 antes de Cristo.
  • Tanto en el Sudeste asiático con en las áreas andina y mesoamericana se conoce una deidad o símbolo telúrico caracterizada por sus dientes de felino y un corte en forma de V en lo alto de la cabeza.
  • Los libros hindúes y tibetanos contienen frecuentes alusiones a Patala, las antípodas.
  • En China se conservan noticias sobre cierto reino ubicado “al otro lado del mar oriental”, llamado Fu Sang. La enciclopedia tradicional San T’sai T’u Hui contiene el dibujo de un hombre de Fu Sang que ordeña un animal exclusivo de América: la llama.
  • Entre 1539 y 1576, las autoridades españolas divisaron y decomisaron juncos chinos que patrullaban las costas mexicanas del Pacífico; en una ocasión, en Guatulco, fueron vistos mercaderes vestidos de seda intercambiando productos con los nobles locales (García, Historia de las Indias 4.23).

Por otra parte, recientes descubrimientos sugieren que el arte de la navegación en Indoamérica estaba mucho más adelantado de lo que se creía. Entre ellos tenemos la brújula mesoamericana.

Al observar la orientación de diversos monumentos olmecas, los investigadores notaron que algunos de ellos apuntaban hacia el norte magnético. Posteriormente, hallaron esculturas en las cuales se había aprovechado el magnetismo natural de la roca para producir diversos efectos. Una de estas piezas es una tortuga cuyo pico tiene la facultad de atraer la aguja de una brújula ubicada en cualquier sitio del caparazón. Los investigadores concluyeron que los olmecas conocieron tanto el magnetismo terrestre como las propiedades magnéticas de los objetos, y además, poseyeron algún instrumento que les permitía medirlas.

Esta hipótesis se confirmó con el descubrimiento en la ciudad olmeca de San Lorenzo de una barra de magnetita del segundo milenio antes de Cristo, tallada en forma de paralepípedo con finas líneas incisas. Coe y Carlson reconocen en el objeto una brújula anterior a las de China. Esta evidencia aclara el verdadero origen de dicho artefacto y nos obliga a replantear el asunto de la navegación en épocas prehispánicas.

En Perú se conservan dibujos de barcos de dos puentes y hasta tres mástiles, con capacidad de maniobra equivalente a la de las carabelas de Colón. Los españoles encontraron en los mares del imperio inca grandes balsas para navegación de altamar, de treinta metros de largo y sesenta toneladas de desplazamiento, con varios mástiles rígidos o articulados, y velas fijas y de deriva capaces de navegar contra el viento. Dichas balsas se reunían en flotas enormes; el cronista Sarmiento de Gamboa describe una expedición de Topa Inca Yupanqui a las islas del Pacífico (probablemente las Galápagos) en la cual desplazó veinte mil soldados.

Existiendo las posibilidades técnicas, una motivación originada en peculiaridades de la cosmovisión asiática, y unos adelantos que son histórica y culturalmente comprensibles, sólo si los suponemos adaptación de descubrimientos mesoamericanos, mi conclusión es que, en lo que respecta al calendario y otras ciencias relacionadas, estamos en presencia de un fenómeno de difusionismo interactivo.



Deidad felina en relieves de China, México y Perú.

Anclas y monedas chinas descubiertas en América.

Habitante de Fu Sang. Dibujo chino.

Antiguo barco javanés. Relieve de Borobudur.

Ruedas zodiacales mesoamericanas y chinas

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